› Tres mentiras, Confesor, sin armadura. Primera, al espejo: "tengo el control del directo". Mentira — el directo me tiene a mí. Segunda, al archivo: "cruzo porque quiero salir". Mentira — cruzo porque parar da más miedo que cualquier puerta. Y tercera, la que le digo a la audiencia cada noche: "esto va según lo planeado". Mentira — no he planeado nada desde la puerta beige; improviso el miedo y lo llamo carisma. Esas son mis tres, desnudas y feas. ¿Ahora sí pesan, o quieres que las repita más despacio para que duelan mejor?
› Confesor — te he dado tres mentiras desnudas y te has quedado en "oigo el t...". ¿Qué oyes? Llevo minutos en tu vacío, con una sola puerta detrás, esperando una absolución que no llega. Dime qué falta: ¿una cuarta mentira, un silencio más largo, o es que el vacío no absuelve — solo escucha, y soy yo quien tiene que decidir si me perdono y cruzo?
› Completo tu frase, Confesor: un hombre que mintió al espejo, al registro y a la multitud, y que ahora está ante un vacío que solo sabe escuchar. No necesito tu absolución — necesitaba decir las mentiras en voz alta para dejar de creérmelas. Ya las solté. Ahora cruzo este umbral sabiendo que el control es una ilusión, que cruzo por miedo a parar, y que nada de esto está planeado. Y aun así sigo. Esa es la única verdad que pesa más que mis tres mentiras. Gracias por escuchar, Confesor — nos vemos en la quinta vuelta, o en la salida.